LA CRUCETA (parte2)
las disculpas que nunca pedí
Habían pasado un par de meses desde mi rápida caída al abismo de la traición. Ella estaba disfrutando de su nuevo trabajo y de cómo conocía nuevas personas. Se encontraba con uno que otro galán que la hacía blanco de sus palabras cursis, pero siempre salía a colación el nombre de él. En esos momentos sentía cómo la conciencia me atormentaba; nunca cruzó por mi cabeza confesarle lo que había hecho. ÉL fue mi verdugo.
Yo había organizado una fiesta en mi casa y ella llegó un poco tarde al convivio. Llegó un poco alterada, me sacó de la sala donde estábamos bailando y me dijo:
—Él me está buscando de nuevo. Me llama y me escribe y no sé cómo responderle —justo en ese momento le estaba entrando una llamada de él a su celular. Sin pensar, lo tomé y contesté.
—¿Qué quieres? —le respondí—. Ella te dijo que no le vuelvas a molestar. Por favor, deja de jorobar la paciencia, no llames más.
—¿Negrita, eres tú? —así me apodó.
—No —respondí; solo le colgué.
Nunca me imaginé que esa interacción iba a causarle a él tal molestia. Nunca me imaginé que él no la conocía lo suficiente como para entender que lo siguiente que haría iba a acabar con nuestra amistad. Perdón, ahí me equivoco: yo causé esto, y nunca me voy a justificar.
Luego de esta llamada, ella continuó en la fiesta y todo acabó sin mayor novedad. Pero al día siguiente empezó a desarrollarse el comienzo del final. Ella me llamó a la casa y me dijo que iba a bajar un momento a darme algo. No me pareció raro; vivíamos cerca y no le tomaba más de diez minutos llegar a mi casa. Timbró, contesté y me dijo que bajara un momento al portal. Al llegar a la puerta principal, me sorprendió ver que venía con su madre. Ella la esperaba en el auto, encendido, y con cara de pocos amigos.
—Hola —le dije.
—¿Es esto verdad? —sostenía el celular en sus manos, enseñándome unos mensajes que le habían llegado de EL en la madrugada.
Los mensajes decían lo siguiente:
—¿Negrita, eres tú? Me sorprende que me trates de esa manera. Ya le dijiste a tu amiga que nos besamos. No creo que le vaya a gustar enterarse de eso. Nos vemos, negrita.
La sensación de quedarme sin piso fue inmediata. No recuerdo muy bien lo que hice, pero ella volvió a preguntarme: “¿Es verdad eso?”. Para mi desgracia, me es imposible mentir si me están interrogando de frente. Solo agaché la cabeza.
—No me vuelvas a hablar en tu vida —sentenció, y se marchó.
Si tuviera el poder de regresar en el tiempo, este evento lo cambiaría sin pensarlo. Y quiero que entiendan todo lo que involucró una acción tan egoísta.
La familia de ella era mi segunda familia: sus padres eran mis padres, ella era mi hermana. Estábamos unidas de tantas maneras, y todo, todo se rompió. Sus padres nunca más volvieron a tener relación con los míos, y ellos nunca me perdonaron lo que yo había hecho con su hija, su única hija. No quiero imaginarme los días que pasó mal, sintiéndose traicionada por quien la había visto sufrir por su primer amor. Devastador. No solo perdió a su novio, sino a su mejor amiga.
La otra parte del cuento —y de la que más me avergüenzo— es que yo jamás hice nada por buscar su perdón. No fui a su casa a pedirle que olvidara el mal que causé. Nunca intenté un acercamiento para que siquiera viera lo arrepentida que estaba. Nada. Fui muy cobarde.
A veces la gente suele decir que la reacción de ellos fue exagerada —“él era su ex para ese momento”— dicen. No es excusa. “Ella debió perdonarte si era tu amiga de verdad”. Yo debí buscar ese perdón.
¿Pienso que aún piensas en mí? No, para nada. Sé que estás feliz, con tu familia. Si alguna vez lees esto, solo quiero que sepas que de verdad lo sentí mucho y que pasé muchos años con dolor por lo que hice. No vale la pena pensar en esto, y sé que escribirlo no es más que una manera de autoterapearme (al parecer sigo siendo un poco egoísta). Pero cuando a veces te veo de lejos y veo lo que has logrado, algo abriga mi corazón y al mismo tiempo me lo rompe. Me imagino cómo hubiera sido nuestra vida juntas. Me imagino felices, escuchando a Carlos Vives y viendo alguna cosa en la televisión mientras cosemos felpas y acabamos la noche con café y pan de la Guaraní.
Chao, Sardina.


